Crecer llega sin aviso. Un día simplemente te descubres adulta, sosteniendo responsabilidades, decisiones y sueños que a veces pesan más de lo que imaginabas.
Y ahí, en medio del ruido y de las expectativas, aparece algo que nadie te contó: las inseguridades no desaparecen con la edad… solo cambian de forma.
Ya no dudas de lo mismo que a los veinte, pero aún te preguntas si estás llegando tarde, si haces suficiente, si tú eres suficiente.
Y aunque esas preguntas duelan, hoy tienes una fuerza nueva: la capacidad de escucharte sin juzgarte.
El amor propio en la edad adulta no se siente como perfección, sino como honestidad.
Es abrazar tus sombras sin dejar que definan tu luz.
Es darte pausas, permitirte no saber, permitirte sentir.
Es recordar que no tienes que tener todas las respuestas para merecer tu propia ternura.
Porque la seguridad no es algo que aparece… es algo que construyes.
Y cada pequeña decisión de cuidarte, de respetar tu ritmo, de hablarte bonito, es una semilla.
Una semilla que, con paciencia, también florece.

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